Tripas cerradas que hace mucho que se abrieron, tripas que no temen, que tras otros ojos aprendieron a vivir, a respirar. Cuando más abajo estaba la autoestima, rozando el suelo, en mil pedazos, otro aliento la esculpió; nunca estuvo rota.
Y el alimento de estas tripas, ahora abiertas, vivas, no es otro que el saber que se equivocaba, que nunca nada estuvo mal, no hubo malas acciones, la única mala acción fue esperar, el esperar del vacío más profundo, hediondo y sucio.
Romper ahora con lo hecho y con lo dicho, con aquello que día a día oscureció tu mirada, tus ojos, al reflejo de un espejo. Arráncate la carne y dime: ¿qué hay debajo?
Profundo, negro y oscuro corazón que ahora late, no fue culpa tuya, descansa, pues ahora que tras el negro cristal lo ves todo más claro, entre el olor a papel quemado, el calor asfixiante y el sabor a café en los labios; todo es más hermoso. Todo te da igual.
Y te da igual porque mentiste, porque esperó oír tu voz. Pero tu voz, que parece ahogada, ahora vibra en oídos ajenos. Oídos que disfrutan, saborean y aprecian tus latidos. Vacío. Negro. Oscuro. Profundo. Hediondo. Corazón.