Unos ojos azules penetrantes me observan, son preciosos, posados grácilmente sobre una pequeña nariz, sonríe, una sonrisa hermosa, no me quita la vista de encima ni siquiera cuando retrocedo tembloroso.
Dubitativas mis manos se agarran a su cadera, sonríe, siento esos ojos clavados en mi, se le escapa una pequeña risa y coloca sus manos sobre mis hombros, beso su frente y siento como se derriten mis entrañas, la anhelo. Introduzco mi mano bajo sus ropas y asciendo, puedo contar con la yema de mis dedos sus costillas: una, dos, tres... Me interrumpe, me agarra los brazos y los baja con fuerza, no deja de sonreír, me parte en dos.
Amaga un beso a mis labios y se aparta, juega conmigo, se le escapa otra pequeña risa, mantiene la mirada inmóvil sobre mi, puedo ver el brillo de mis ojos de deseo reflejados en los suyos. Dudo, acaricio sus mejillas y desciendo, besándole los muslos, tiembla, sus cortos pantalones me permiten besar su piel, morderla. Ríe echando su cabeza hacia atrás, asciendo lentamente y beso sus ingles, con sus manos sobre mi cabeza. Un escalofrío recorre mi espalda, agarro sus rodillas con mi cabeza entre sus piernas, suspira.
Tira de mí, me besa, con los ojos abiertos, mirándome, atravesando mi cráneo. Me desviste, la desvisto, recorro su cuerpo a besos y caricias. Un mordisco en mi cuello, un suspiro tras su oreja, apartar sus piernas y sentirme rodeado, pegarme a ella, sentirla entera. Mecernos el uno sobre el otro, con sus ojos aún clavados en los míos, suspiros y gemidos; fundirnos en uno y acabar derretidos.
Despierto, miro alrededor y veo que no está, busco su olor entre las sabanas, quizá se ha desvanecido, quizá solamente lo he soñado.