jueves, 7 de marzo de 2013

Pensando en las musarañas...

Apoyó su cabeza contra la pared desnuda de su habitación, sentado en la cama, con las piernas entrecruzadas, como si se encontrara en la posición de la flor de loto, sosteniendo entre sus labios un cigarro humeante. De fondo la música repiqueteaba en sus tímpanos, no había expresión alguna en su rostro, se llevó las manos a la cabeza entrelazando sus dedos con su pelo, soltó un suspiro y, sin retirar el consumido tabaco, sonrió.

"Ya no tengo miedo" repetía constantemente en su cabeza, cruzando de vez en cuando entre esas palabras un suave "soy feliz". Alargó la mano hasta llegar a su teléfono móvil, miró la hora, once de la mañana de un quince de febrero. Sabía que todo volvía a la normalidad, sabía que volvía a ser él mismo. 

Una sonrisa grande, enorme, que como si de un taladro se tratase atravesaba su sien y se posaba en el mismo centro de su cabeza, la sensación de recuperar esa libertad perdida, de ser capaz de vivir sin miedo, la sensación de que todo lo perdido no era necesario, el placer de mirar a través de otros ojos y sentir como se le paraba el corazón y se le hundía el estómago. Disfrutar de la música como hacía tiempo que no disfrutaba, poder gritar de nuevo, poder soltarse y abrazar de verdad, sin arrepentimientos, sin ser juzgado, le hacía feliz de nuevo esa sensación.

Y pensar en ella, recordar su mirada, recordar su risa, le gustaba. Pasó horas en esa posición, encendiendo un cigarro tras otro, con la mirada posada en el techo, sonriendo, suspirando, en fin; pensando en las musarañas...

Ya no hay miedo, ya no hay barro.

Una sensación cálida en mi mejilla, sus labios, mis manos se dejan llevar acariciando su rostro, recorriendo cada uno de esos rasgos que me provocan un suave escalofrío por mis brazos que se eleva hasta mi cuello y nuca. Dejo que las puntas de mis dedos vaguen sueltas, rozando el borde de sus labios, paseándose por su frente, descendiendo a su nariz, parándose durante unos segundos en un pendiente frío, de metal, colocado en su nariz, ella sonríe. 

Una mirada que parece detener el tiempo, acompañada de una sonrisa, no existe nada mas cuando está ella presente, no hay mal alguno que pese en mi estómago, ningún silencio incómodo que arranque de nosotros esta plácida sensación; una sensación similar a una brisa que acaricia nuestra piel, nada puede eliminar este placer. 

No miramos atrás, ¿qué más da lo que hubiese antes? Ya no hay miedo, olvidamos ese barro que pesaba en nuestro estómago y pulmones, esa tristeza, se ha diluido, se ha perdido. Yo solamente te pido que sigas sonriendo, que sigas deteniendo el tiempo, porque no queremos que avance. 

viernes, 1 de marzo de 2013

Tras el humo de un cigarro...

Tras esa sonrisa, reflejado en sus ojos de azabache, no puedo dejar de mirarla, cada gesto, cada movimiento, cada pequeña mueca... Se da cuenta de que la observo a escondidas, me mira, sonríe, me tiemblan las manos y las piernas, sonrío...

Enciendo un cigarrillo, cobijados bajo un porche, se lo paso y me quedo frío mirando como se consume entre sus labios, sonríe, para mí es como un relámpago frío que recorre todas mis articulaciones, deseo encogerme, deseo perderme...

Ahora, sentado en el viejo sofá del salón, con los huesos calados del lluvioso día, las articulaciones agarrotadas por sentir su mirada, me maldigo, una y otra vez, por no haberla buscado pegada a mí, a mi piel. Me maldigo. 

Dedicado a Raquel, con cariño y sonrisas.