martes, 24 de junio de 2014

Libreta de principios de verano III

"Pedaleo" 

Arranques de impaciencia a cada paso, los puños cerrados, tensos, inmóvil ante una imagen que dilata sus pupilas y enerva sus sentidos. Rabioso como un perro enfermo. Alterado por el tercer café de la mañana, mordiéndose el labio inferior.

Ni tan siquiera recuerda ya su olor, no existe, no duele, no la siente cerca de él. Ese olor que hinchaba su pecho y le hacía sentir calor, apretarla contra su cuerpo y sentirlo en él. 

Arrastrada su pena por caminos de tierra, calles adoquinadas y carreteras asfaltadas. Pedaleaba con ritmo firme sintiendo el viento en su rostro, fin de la pena. A cada giro de cadena se ensanchaba su sonrisa y sus pulmones, ya no hay tristeza.

Creyó en lo que sus ojos le contaban para acabar golpeándose contra un muro. Pura farsa de unas pupilas que recordarlas provocaban arcadas. Quería odiarla, pero no podía, otra voz apaciguaba la rabia entre cálidos besos.

El aire dejó de asfixiarlo, levantó su cabeza y vio el mar ante sí, fresco, puro. Ella que conocía todo aquello que podía herirlo, e hizo uso de ello para apuñalarlo y destrozarle el alma quedaba atrás. La idea de unos ojos marrones le apaciguaba el alma. Atrás dejaba a cada golpe de pedal mentiras y traiciones, palabras melosas cuyo fin era ahora claro. Una sonrisa veraz, era esa ahora la que veía con claridad. La suya propia. 

lunes, 23 de junio de 2014

Libreta de principios de verano II

"Grillos, cucarachas y hienas"

Grillos, ruidosos comos grillos, incapaces de mantener una conversación tranquila, incapaces de permitir un minuto de tranquilidad y silencio a quien comparte su oxígeno. 

Cucarachas, sucios como cucarachas, buscando el calor y el alimento, arrasando y ensuciando por donde quieran que vayan y pasen. Amontonados unos sobre otros, sucios como cucarachas. 

Hienas, crueles y traicioneros como hienas, no perderían la oportunidad de saquear el cadáver de uno de los suyos. Ya no en momentos de inanición, incluso en los momentos de mayor opulencia.

Monstruos bípedos orgullosos y altivos de sus defectos, egoístas, mentirosos y traidores que se apuñalan unos a otros por una moneda de cobre. 

Y ya dijo Foucault, a partir de las palabras de Friedrich Nietzsche que "si ha muerto Dios, ahora muere el hombre".

domingo, 22 de junio de 2014

Libreta de principios de verano I

"Una mosca en el corazón"

Un zumbido, una suave vibración en el pecho, notar sus pequeñas patitas recorrer el pecho, pero no por fuera, por dentro. Una pequeña punzada a la altura del corazón, sentir como avanza y emerge a través de la carne y la piel; asoma la cabeza, una pequeña mosca. 

Se frota ambas patas, alza el vuelo llevándose consigo el tenue zumbido que la acompaña allí donde va. No hay herida, un pequeño agujero en el pecho a través del cual se sienten los latidos de un corazón yermo y seco. 

Revolotea a su alrededor con el constante zumbido, se posa sobre su piel y él la ahuyenta con la mano; ésta insiste aterrizando nuevamente sobre su frente para volver a ser espantada mientras él zarandea sus manos. El gesto se repite una y otra vez, ninguno de los dos parece darse por vencido.

Oscurece, su presencia se vuelve ínfima y vacía, no hay luz y, a su alrededor, un olor turbio a quemado, un olor que es incapaz de soportar. Inmóvil, con las piernas paralizadas se siente solo. Se encoge en sí mismo y llora. Parece que el tiempo no avanza. Un zumbido a su derecha, un zumbido a su izquierda.

"¿Dónde está mí mosca?"

Se hace la luz al amanecer, ella aparece revoloteando, él se abre de brazos y la deja posarse sobre su pecho para que lentamente entre por la herida previamente provocada y así vuelva a su corarzón.

Un zumbido, una pequeña vibración al compás de sus latidos, vuelve a estar completo. Deja que sus diminutas patitas recorran el centro de su cuerpo. Y vuelve a sonreír. 

Tuvo, tiene y tendrá una mosca en el corazón. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Suave, querido, deseado.

Con suavidad, tan apenas rozando su espalda, las yemas de mis dedos recorren su piel, sentir su respiración, ver como sus pechos se mueven al compás de cada agitada exhalación. Apartamos la mirada el uno del otro, como un juego, una sonrisa a escondidas para besarnos furtivamente durante unos segundos. Sus pequeñas manos agarran mi mandíbula, lucho por esconder una pequeña risa, sus dedos marcados en mis mejillas; no aparta la vista de mí.

Me empuja sobre la cama y se lanza sobre mí, sentada sobre mi pecho siento su piel denuda, cálida. Se erige ante mí, como una diosa, unos ojos marrones que me quiebran, su larga cabellera sobre sus hombros; admiro ante mí su cuerpo, sus pechos firmes, su estrecha cintura. Abierta de piernas sobre mi pecho no puedo dejar de admirarla mientras respiro acelerado.

Desciende, lenta, besándome la piel al mismo ritmo que a pocos centímetros de sus labios sus manos acarician mi pecho y vientre. Noto las yemas de sus dedos acariciando mis muslos, su boca, su lengua. Contengo la respiración durante unos segundos, incapaz de mantener los ojos abiertos, me retuerzo, soy completamente suyo.

Me atrevo a voltearla, observar su cuerpo desnudo frente al mío, no puedo evitar sonreír. Deseo tener mil manos para poder sentir todos los recovecos de ese cuerpo al mismo tiempo. La beso, labios, frente, mejillas, cuello, pechos, vientre, ombligo; muslos. Entre sus piernas me pierdo, la siento estremecerse, la escucho gemir, me agarra las manos y la noto humedecerse, me encanta.

Asciendo, la beso, me agarra de los hombros y me lanza sobre ella, me rodea con sus piernas. Un escalofrío recorre mi espalda, soy suyo. No aparta la mirada de mi, me agarra de la cabeza apretando los dientes, acerca su cara a la mía y me besa. Me susurra algo al oído, no llego a comprenderlo, echa su cuerpo hacia atrás y se deja llevar. Empapados el uno del otro, me abraza, me besa y lentamente su dedo índice se desliza por mi vientre. 

Se marcha, pero su olor se mantiene en mi cama, no puedo dejar de acariciar las sábanas, solamente deseo que vuelva y tenerla de nuevo. Dormirme entre sus piernas, que sea mi abrigo. Al fin me sentí capaz...

jueves, 8 de mayo de 2014

Tiempo, palabra y aliento.

Tuviste mi tiempo, mi palabra y mi aliento, arranqué de mis entrañas toda pena para acariciar tu cuerpo desnudo, a cambio decidiste arrancar de mi cuerpo mis entrañas para arrojarlas al fango. Entregué mi tiempo, esperé y esperé para acabar deseando arrancar de mis manos y pies mis uñas a la fuerza, sentir la putrefacción en mi interior mientras sonreías con el labio marcado. Sentí rezumar de entre tus dientes el negro petroleo de la mentira, que yace en las comisuras de tus labios. Sigues sonriendo. Nadie gritará mi nombre, aquello que acecha entre las sombras, alargas tu mano y atraviesas mi pecho acariciando mi yermo corazón con las yemas de tus dedos, te agrada.

De sangre espesa, oscura, que renquea por mis venas para hacerme odiar un mundo que agoniza, cuyas gentes van en decadencia, alabando sus desventuras alzando sus puñales a cada caída ajena para asestar un último golpe, dejando emerger una sangre roja a borbotones, que salpique sus rostros; que sientan el calor. Entre ellos te hayas tu, vendedora de ilusiones y sonrisas, de mirada cálida, pero vacía. 

Misera humanidad, carente de la misma, arrancaste mi aliento, mi ilusión, convirtiéndola en simple misantropía que arrastro a cada paso. ¿Dónde cabe aquí el todopoderoso imperativo categórico de Kant? No hay sitio para él, ni en la forma heterónoma ni en la autónoma. Agarra mi aliento y escupe, te lo entregué con cariño y amor para que lo malgastes. 

Pájaros enfundados en cuero que no van a ninguna parte.

miércoles, 23 de abril de 2014

Quizá...

Unos ojos azules penetrantes me observan, son preciosos, posados grácilmente sobre una pequeña nariz, sonríe, una sonrisa hermosa, no me quita la vista de encima ni siquiera cuando retrocedo tembloroso.

Dubitativas mis manos se agarran a su cadera, sonríe, siento esos ojos clavados en mi, se le escapa una pequeña risa y coloca sus manos sobre mis hombros, beso su frente y siento como se derriten mis entrañas, la anhelo. Introduzco mi mano bajo sus ropas y asciendo, puedo contar con la yema de mis dedos sus costillas: una, dos, tres... Me interrumpe, me agarra los brazos y los baja con fuerza, no deja de sonreír, me parte en dos.

Amaga un beso a mis labios y se aparta, juega conmigo, se le escapa otra pequeña risa, mantiene la mirada inmóvil sobre mi, puedo ver el brillo de mis ojos de deseo reflejados en los suyos. Dudo, acaricio sus mejillas y desciendo, besándole los muslos, tiembla, sus cortos pantalones me permiten besar su piel, morderla. Ríe echando su cabeza hacia atrás, asciendo lentamente y beso sus ingles, con sus manos sobre mi cabeza. Un escalofrío recorre mi espalda, agarro sus rodillas con mi cabeza entre sus piernas, suspira.

Tira de mí, me besa, con los ojos abiertos, mirándome, atravesando mi cráneo. Me desviste, la desvisto, recorro su cuerpo a besos y caricias. Un mordisco en mi cuello, un suspiro tras su oreja, apartar sus piernas y sentirme rodeado, pegarme a ella, sentirla entera. Mecernos el uno sobre el otro, con sus ojos aún clavados en los míos, suspiros y gemidos; fundirnos en uno y acabar derretidos.

Despierto, miro alrededor y veo que no está, busco su olor entre las sabanas, quizá se ha desvanecido, quizá solamente lo he soñado.

domingo, 13 de abril de 2014

Somos mentira.

Tito Livio, o Titus Livius, el historiador romano mostraba claramente sus principios afirmando que: "la plebe o sirve con humanidad o domina con soberbia".
Observar al ser humano a nivel macro, más allá de sus terribles efectos sobre la tierra, más allá de la imagen de "un virus con putos zapatos" como decía Bill Hicks puede aparentar bella y sana si hacemos un esfuerzo, ¿podemos quizás centrarnos en la imagen del tan usado término de comunidad?
Tengamos en cuenta el hecho que pese a que el término "comunidad" puede llevarnos a pensar que ésta es opaca, que no existen más necesidades que las propias del conjunto en bloque, por expresarlo de alguna forma. Es ésto un error, pues en el interior de estas comunidades, herméticas, opacas y mates hallamos un amplio abanico de necesidades, así como potencialidades a niveles que podríamos considerar micro.
Previamente a Tito Livio, Séneca ya escribía: "me vuelvo más avaro, más ambicioso, más sensual, aun más cruel y más inhumano, porque estuve entre los hombres". ¿Puede ser que si observamos al ser humano desde lejos, obviando su fuerza destructiva, encontremos que esa autodivinidad que se han otorgado a nivel individual lo que lleva al ser humano a ser repulsivo en tantos, tantos, tantos aspectos?
Considerarnos dioses, esa voluntad de poder que nos hemos otorgado debería entonces llevarnos a pensar aquellas palabras salidas de Zaratustra pueda llevarnos a la autodestrucción, pues somos individuales llevando por estandarte la comunidad y lo social, somos mentira.
"¡Será posible! ¡Éste viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!"
Y es así que en ocasiones dudo de si me siento al igual que el Viejo Santo del bosque, el mismo que espetaba "(...) a los hombres no los amo. El hombre para mí es una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría".

miércoles, 19 de febrero de 2014

Y una, y unos, y un...

Una marca en el labio que incita a ser acariciada, ojos de ensueño que atraviesan la piel, mordiscos que deshilachan mi fuerza y temple impasibles al tiempo y al espacio; y un susurro.

Tu olor, impregnado en todas las piezas de ropa dispersas por la oscura habitación, marcando la almohada y el colchón, inserto en todas las esquinas y en todos los milímetros de azulejo, ladrillo y aire, impregnado en el aire.

Bailar a tu ritmo, mirarte fijamente a tus desmesurados ojos, estremecerme, rasgarme por dentro. Recorrer el gélido pasillo a pies juntillas, aire frío que hiela mi garganta y hace temblar mis rodillas. Y en mi mente se repite la misma frase una y otra vez: quiero bailar. 

Y me lo repito una y otra vez mientras recorres la escalera hacia la calle, y me lo reitero sintiendo tu mano agarrando el helado pomo de la puerta, e insisto cuando tu piel siente el frío y la humedad de la calle; y me lo vuelvo a decir a cada paso que das por la gris acera, reincido cuando me lo susurro sabiendo que entras en tu casa. Duplico esfuerzos para no dejarme caer y desfallecer.

Y una marca en el labio, y unos ojos enormes, un diente insensible y un "no-te-marches".
Y una, y unos, y un y "no-te-marches".