jueves, 8 de mayo de 2014

Tiempo, palabra y aliento.

Tuviste mi tiempo, mi palabra y mi aliento, arranqué de mis entrañas toda pena para acariciar tu cuerpo desnudo, a cambio decidiste arrancar de mi cuerpo mis entrañas para arrojarlas al fango. Entregué mi tiempo, esperé y esperé para acabar deseando arrancar de mis manos y pies mis uñas a la fuerza, sentir la putrefacción en mi interior mientras sonreías con el labio marcado. Sentí rezumar de entre tus dientes el negro petroleo de la mentira, que yace en las comisuras de tus labios. Sigues sonriendo. Nadie gritará mi nombre, aquello que acecha entre las sombras, alargas tu mano y atraviesas mi pecho acariciando mi yermo corazón con las yemas de tus dedos, te agrada.

De sangre espesa, oscura, que renquea por mis venas para hacerme odiar un mundo que agoniza, cuyas gentes van en decadencia, alabando sus desventuras alzando sus puñales a cada caída ajena para asestar un último golpe, dejando emerger una sangre roja a borbotones, que salpique sus rostros; que sientan el calor. Entre ellos te hayas tu, vendedora de ilusiones y sonrisas, de mirada cálida, pero vacía. 

Misera humanidad, carente de la misma, arrancaste mi aliento, mi ilusión, convirtiéndola en simple misantropía que arrastro a cada paso. ¿Dónde cabe aquí el todopoderoso imperativo categórico de Kant? No hay sitio para él, ni en la forma heterónoma ni en la autónoma. Agarra mi aliento y escupe, te lo entregué con cariño y amor para que lo malgastes. 

Pájaros enfundados en cuero que no van a ninguna parte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario