miércoles, 20 de febrero de 2013

Me besa, se para el tiempo...

Apartando sus cálidos pies de los míos realmente helados, entre unas viejas sábanas, sobre una cama chirriante, besos furtivos en su espalda, abrazado a ella, mientras sus cálidos labios acarician mis manos que rodean las suyas, me estremezco, siento unas punzadas eléctricas que recorren toda mi columna vertebral. Deseo no separarme de ella. 

Gira lentamente su cabeza, mientras yo todavía beso su espalda, con mordiscos tiernos sobre su suave piel, ella sonríe, no puedo evitar sonreír, me besa; se para el tiempo.

Rodea mi cabeza con sus manos, apretando mis labios contra los suyos, no puedo evitar colocar mis manos sobre su larga cabellera, acariciando su delicado y ondulado cabello, dejando que este se enrosque entre mis dedos, sintiendo su respiración acelerada pegada a la mía, dos cuerpos que sienten los latidos comunes, aferrados el uno al otro, con las piernas entrecruzadas; ya no aparta sus pies de los míos.

Siento sus dedos presionar mi costillar, ciñendo mi torso contra el suyo, como si intentara que nos fundiéramos en uno, no puedo evitar que mis manos recorran su espalda y pecho, sonríe, me vuelvo a estremecer. Me arranca la ropa, siento sus manos sobre mi pecho, juega conmigo, esquivando mis besos manteniendo una amplia sonrisa en su rostro; soy todo suyo.

Retiro de su cuerpo la ropa, nos abrazamos, recorremos nuestros cuerpos con nuestras manos nerviosas. Nos sobran las sábanas y nos falta el tiempo, sus dientes, sus uñas, su boca, sus piernas, respiración acelerada y dos cuerpos exprimidos; su sonrisa sigue tatuada en mi mente.

Rodeado por ella, sintiendo esa respiración cálida sobre mi rostro, unos ojos que se clavan sobre los míos; soy todo suyo, es toda mía, mojados, exhaustos, sonrientes, nos dormimos abrazados, mañana será otro día, mañana amaneceré a su lado, mañana volveré a sonreír. 

martes, 12 de febrero de 2013

¿qué demonios...?

"Pero...¿qué demonios me haces?" susurró a su oído apretando los dientes mientras le acariciaba la espalda...

jueves, 7 de febrero de 2013

El chiste más cruel de este payaso

Le hizo gracia que le preguntaran si echaba de menos su voz, su aliento, verla al despertarse, ya no echaba de menos nada, se dio cuenta de que había vivido una gran mentira. Lo que todo el mundo se preguntaba era cuándo se dio cuenta de tal mentira.

No fueron los actos de ella, ni sus palabras, ni siquiera sus propios actos, simplemente se dio cuenta de que estaba equivocado, pero ¿es posible equivocarse en cuanto a lo que sientes se refiere? 

La respuesta es clara: sí.

Vio tras las pupilas de otra persona el deseo, sin desprecio, sin juicios, unas pupilas que recompusieron su alma y cuerpo. Entre sus brazos se estremeció, no había tiempo ni espacio para pensar en el pasado, una amplia sonrisa que le atrapó y le hizo sonreír con fuerza, como hacía tiempo que nadie le veía sonreír, una sonrisa sincera y desde el mismo epicentro de su estómago. Unas pupilas dilatadas que se atravesaban de cuerpo a cuerpo, unas manos que recorrían su cintura y agarraban su cuerpo con fuerza, dos cuerpos pegados entre una multitud bulliciosa en la oscuridad mientras la música repiqueteaba en sus tímpanos; pero en ese momento la música era lo de menos, se tenían el uno al otro, y no parecían querer soltarse.

Manos hechas a medida para cada uno de esos cuerpos, mordiscos, arañazos, sonrisas miradas y besos...

Un beso de despedida al amanecer, una sonrisa amplia en el camino de vuelta a casa, y la mente abierta, el espíritu libre; sabía ya a ciencia cierta que nunca la quiso, que simplemente, se equivocó.