Le hizo gracia que le preguntaran si echaba de menos su voz, su aliento, verla al despertarse, ya no echaba de menos nada, se dio cuenta de que había vivido una gran mentira. Lo que todo el mundo se preguntaba era cuándo se dio cuenta de tal mentira.
No fueron los actos de ella, ni sus palabras, ni siquiera sus propios actos, simplemente se dio cuenta de que estaba equivocado, pero ¿es posible equivocarse en cuanto a lo que sientes se refiere?
La respuesta es clara: sí.
Vio tras las pupilas de otra persona el deseo, sin desprecio, sin juicios, unas pupilas que recompusieron su alma y cuerpo. Entre sus brazos se estremeció, no había tiempo ni espacio para pensar en el pasado, una amplia sonrisa que le atrapó y le hizo sonreír con fuerza, como hacía tiempo que nadie le veía sonreír, una sonrisa sincera y desde el mismo epicentro de su estómago. Unas pupilas dilatadas que se atravesaban de cuerpo a cuerpo, unas manos que recorrían su cintura y agarraban su cuerpo con fuerza, dos cuerpos pegados entre una multitud bulliciosa en la oscuridad mientras la música repiqueteaba en sus tímpanos; pero en ese momento la música era lo de menos, se tenían el uno al otro, y no parecían querer soltarse.
Manos hechas a medida para cada uno de esos cuerpos, mordiscos, arañazos, sonrisas miradas y besos...
Un beso de despedida al amanecer, una sonrisa amplia en el camino de vuelta a casa, y la mente abierta, el espíritu libre; sabía ya a ciencia cierta que nunca la quiso, que simplemente, se equivocó.
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