Tres minutos, no hacen falta más. Tres
minutos de ida y vuelta por la calle estandarte de una ciudad que a si misma se
denomina de bien, pues claro; aquí en mi ciudad acogemos un gran festival, sí
señor. Tres minutos de ida y vuelta para avergonzarse de los roedores que a
escasas calles disfrutan de cómodos asientos y engrosados sueldos a costa de
unos contribuyentes ahogados que, por orgullo y nombre propio, sonríen las
desventuras famélicas en las que están inmersos. Pero claro está, el señor
alcalde del grandioso municipio, que curiosamente reside en la calle paralela a
nuestra calle estandarte, hoy solamente se preocupa de cómo Brasil nos venció
en la final a escasas horas de este momento.
Un mercedes desastrosamente aparcado,
reluciente, en cuyo asiento del copiloto reposa una mujer que supera el medio
siglo, que parece luchar con esfuerzo titánico contra el paso del tiempo,
vestida con sus mejores galas, maquillada hasta un nivel irrisorio y cuyas
gafas valen más que todo lo que porto yo encima. Frente al coche un señor
mayor, incapaz de mantenerse en pie por si solo sin apoyarse en cada una de las
sillas del bar en que se encuentra, mendigando cada una de las galletas rancias
que los clientes abandonan junto a sus cafés. Mira tristemente al vacío de la
calle, como si entre la mujer del coche y él hubiese toda una eternidad.
Entrar con paso firme a la calle peatonal,
tiendas a ambos lados, ropa de gran calidad, vestidos de ensueño para
ellas, trajes de lujo para ellos, tiendas de deportes, una
enorme tienda de trajes y vestidos de comunión para que los pequeños cumplan su
tan ansiado sueño, nótese que con los pequeños me refiero a sus padres y/o
madres; que añadirán una letra más a pagar con la suma del pequeño traje de un
solo uso. Una gran cafetería con un cartel que anuncia “desayunos populares”,
quizás el concepto de popular aquí está sobreestimado, pues un café rancio y
una madalena de ayer no será muy popular si cuesta más que un paquete de
tabaco. Una tienda de aparatos
electrónicos con una gran cristalera que muestra grandes pantallas de
televisión a la calle hace las delicias de los pequeños que ensucian el cristal
lanzándose boquiabiertos a mirar los dibujitos que nos enseñan, vaho en el
cristal y unos padres que nunca sabrán como decirle al pequeño que para tener
una de estas televisiones o robas o no comes.
Un joven con la cara pintada, pantalones
cortos y una camiseta raída, hace malabares en la calle esperando que le caiga
alguna moneda, dando los buenos días a todo el mundo y, si no cae moneda alguna
en su sombrero, con aire desenfadado y risueño anuncia mirándote a los ojos “si
no puede ser una moneda ofréceme al menos una sonrisa”; gran forma de no perder la esperanza.
Y muestra de la pérdida de la esperanza un
señor, frente a una tienda de perfumes y demás parafernalia del maquillaje y
moda moderna, ante la atenta mirada de unas dependientas neumáticas y
plastificadas, alarde de la modernidad de una feminidad decadente y vomitiva de
piernas escuálidas, grandes pechos y cabezas vacías. Este hombre, en el extremo
de la calle estandarte de la ciudad, acompañado de un perro esquelético, digno
de llevar por nombre con tono irónico Auschwtiz
o Maunthausen, traga orgullo y lágrimas sobre su desgastada piel a costa
del sol mendigando el dinero justo para un kilo de arroz para su familia. Y los
paseantes de esta calle, dignos ciudadanos que alardean de vivir en una ciudad
de playa y sol, de tener un festival que atrae a gente de todos los rincones
del país, apartan la mirada, supongo que para ellos es más cómodo. Y yo, con
los bolsillos también vacíos me maldigo por no poder aportar nada a la noble
causa de este hombre, capaz de arrastrarse anímicamente ante un joven como yo,
me siento mal, me siento triste.
Y ahora, ciudad vacía de esperanza, solamente
queda esperar a que el hambre os agarre por el cuello y os estruje como haría
ese Dios al que adoráis, que aprieta pero no ahoga. Pero tranquilos ciudadanos,
pese a que anoche la selección perdió la final de una copa que ni nos va ni nos
viene en la otra punta del mundo, que las gentes del país ganador se lanzan a
la calle día a día a protestar contra el gobierno, contra el futbol, pero
nosotros no.
No
lloréis, que ya es primero de julio y podréis disfrutar de vuestra playa,
vuestro sol y vuestros todavía vacíos bolsillos.
Feliz verano.
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