lunes, 1 de julio de 2013

Tres minutos de ida y vuelta.

Tres minutos, no hacen falta más. Tres minutos de ida y vuelta por la calle estandarte de una ciudad que a si misma se denomina de bien, pues claro; aquí en mi ciudad acogemos un gran festival, sí señor. Tres minutos de ida y vuelta para avergonzarse de los roedores que a escasas calles disfrutan de cómodos asientos y engrosados sueldos a costa de unos contribuyentes ahogados que, por orgullo y nombre propio, sonríen las desventuras famélicas en las que están inmersos. Pero claro está, el señor alcalde del grandioso municipio, que curiosamente reside en la calle paralela a nuestra calle estandarte, hoy solamente se preocupa de cómo Brasil nos venció en la final a escasas horas de este momento.

Un mercedes desastrosamente aparcado, reluciente, en cuyo asiento del copiloto reposa una mujer que supera el medio siglo, que parece luchar con esfuerzo titánico contra el paso del tiempo, vestida con sus mejores galas, maquillada hasta un nivel irrisorio y cuyas gafas valen más que todo lo que porto yo encima. Frente al coche un señor mayor, incapaz de mantenerse en pie por si solo sin apoyarse en cada una de las sillas del bar en que se encuentra, mendigando cada una de las galletas rancias que los clientes abandonan junto a sus cafés. Mira tristemente al vacío de la calle, como si entre la mujer del coche y él hubiese toda una eternidad.

Entrar con paso firme a la calle peatonal, tiendas a ambos lados, ropa de gran calidad, vestidos de ensueño para ellas,  trajes  de lujo para ellos, tiendas de deportes, una enorme tienda de trajes y vestidos de comunión para que los pequeños cumplan su tan ansiado sueño, nótese que con los pequeños me refiero a sus padres y/o madres; que añadirán una letra más a pagar con la suma del pequeño traje de un solo uso. Una gran cafetería con un cartel que anuncia “desayunos populares”, quizás el concepto de popular aquí está sobreestimado, pues un café rancio y una madalena de ayer no será muy popular si cuesta más que un paquete de tabaco.  Una tienda de aparatos electrónicos con una gran cristalera que muestra grandes pantallas de televisión a la calle hace las delicias de los pequeños que ensucian el cristal lanzándose boquiabiertos a mirar los dibujitos que nos enseñan, vaho en el cristal y unos padres que nunca sabrán como decirle al pequeño que para tener una de estas televisiones o robas o no comes.

Un joven con la cara pintada, pantalones cortos y una camiseta raída, hace malabares en la calle esperando que le caiga alguna moneda, dando los buenos días a todo el mundo y, si no cae moneda alguna en su sombrero, con aire desenfadado y risueño anuncia mirándote a los ojos “si no puede ser una moneda ofréceme al menos una sonrisa”;  gran forma de no perder la esperanza.

Y muestra de la pérdida de la esperanza un señor, frente a una tienda de perfumes y demás parafernalia del maquillaje y moda moderna, ante la atenta mirada de unas dependientas neumáticas y plastificadas, alarde de la modernidad de una feminidad decadente y vomitiva de piernas escuálidas, grandes pechos y cabezas vacías. Este hombre, en el extremo de la calle estandarte de la ciudad, acompañado de un perro esquelético, digno de llevar por nombre con tono irónico Auschwtiz  o Maunthausen, traga orgullo y lágrimas sobre su desgastada piel a costa del sol mendigando el dinero justo para un kilo de arroz para su familia. Y los paseantes de esta calle, dignos ciudadanos que alardean de vivir en una ciudad de playa y sol, de tener un festival que atrae a gente de todos los rincones del país, apartan la mirada, supongo que para ellos es más cómodo. Y yo, con los bolsillos también vacíos me maldigo por no poder aportar nada a la noble causa de este hombre, capaz de arrastrarse anímicamente ante un joven como yo, me siento mal, me siento triste.

Y ahora, ciudad vacía de esperanza, solamente queda esperar a que el hambre os agarre por el cuello y os estruje como haría ese Dios al que adoráis, que aprieta pero no ahoga. Pero tranquilos ciudadanos, pese a que anoche la selección perdió la final de una copa que ni nos va ni nos viene en la otra punta del mundo, que las gentes del país ganador se lanzan a la calle día a día a protestar contra el gobierno, contra el futbol, pero nosotros no.

No lloréis, que ya es primero de julio y podréis disfrutar de vuestra playa, vuestro sol y vuestros todavía vacíos bolsillos.


Feliz verano.

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