jueves, 22 de mayo de 2014

Suave, querido, deseado.

Con suavidad, tan apenas rozando su espalda, las yemas de mis dedos recorren su piel, sentir su respiración, ver como sus pechos se mueven al compás de cada agitada exhalación. Apartamos la mirada el uno del otro, como un juego, una sonrisa a escondidas para besarnos furtivamente durante unos segundos. Sus pequeñas manos agarran mi mandíbula, lucho por esconder una pequeña risa, sus dedos marcados en mis mejillas; no aparta la vista de mí.

Me empuja sobre la cama y se lanza sobre mí, sentada sobre mi pecho siento su piel denuda, cálida. Se erige ante mí, como una diosa, unos ojos marrones que me quiebran, su larga cabellera sobre sus hombros; admiro ante mí su cuerpo, sus pechos firmes, su estrecha cintura. Abierta de piernas sobre mi pecho no puedo dejar de admirarla mientras respiro acelerado.

Desciende, lenta, besándome la piel al mismo ritmo que a pocos centímetros de sus labios sus manos acarician mi pecho y vientre. Noto las yemas de sus dedos acariciando mis muslos, su boca, su lengua. Contengo la respiración durante unos segundos, incapaz de mantener los ojos abiertos, me retuerzo, soy completamente suyo.

Me atrevo a voltearla, observar su cuerpo desnudo frente al mío, no puedo evitar sonreír. Deseo tener mil manos para poder sentir todos los recovecos de ese cuerpo al mismo tiempo. La beso, labios, frente, mejillas, cuello, pechos, vientre, ombligo; muslos. Entre sus piernas me pierdo, la siento estremecerse, la escucho gemir, me agarra las manos y la noto humedecerse, me encanta.

Asciendo, la beso, me agarra de los hombros y me lanza sobre ella, me rodea con sus piernas. Un escalofrío recorre mi espalda, soy suyo. No aparta la mirada de mi, me agarra de la cabeza apretando los dientes, acerca su cara a la mía y me besa. Me susurra algo al oído, no llego a comprenderlo, echa su cuerpo hacia atrás y se deja llevar. Empapados el uno del otro, me abraza, me besa y lentamente su dedo índice se desliza por mi vientre. 

Se marcha, pero su olor se mantiene en mi cama, no puedo dejar de acariciar las sábanas, solamente deseo que vuelva y tenerla de nuevo. Dormirme entre sus piernas, que sea mi abrigo. Al fin me sentí capaz...

jueves, 8 de mayo de 2014

Tiempo, palabra y aliento.

Tuviste mi tiempo, mi palabra y mi aliento, arranqué de mis entrañas toda pena para acariciar tu cuerpo desnudo, a cambio decidiste arrancar de mi cuerpo mis entrañas para arrojarlas al fango. Entregué mi tiempo, esperé y esperé para acabar deseando arrancar de mis manos y pies mis uñas a la fuerza, sentir la putrefacción en mi interior mientras sonreías con el labio marcado. Sentí rezumar de entre tus dientes el negro petroleo de la mentira, que yace en las comisuras de tus labios. Sigues sonriendo. Nadie gritará mi nombre, aquello que acecha entre las sombras, alargas tu mano y atraviesas mi pecho acariciando mi yermo corazón con las yemas de tus dedos, te agrada.

De sangre espesa, oscura, que renquea por mis venas para hacerme odiar un mundo que agoniza, cuyas gentes van en decadencia, alabando sus desventuras alzando sus puñales a cada caída ajena para asestar un último golpe, dejando emerger una sangre roja a borbotones, que salpique sus rostros; que sientan el calor. Entre ellos te hayas tu, vendedora de ilusiones y sonrisas, de mirada cálida, pero vacía. 

Misera humanidad, carente de la misma, arrancaste mi aliento, mi ilusión, convirtiéndola en simple misantropía que arrastro a cada paso. ¿Dónde cabe aquí el todopoderoso imperativo categórico de Kant? No hay sitio para él, ni en la forma heterónoma ni en la autónoma. Agarra mi aliento y escupe, te lo entregué con cariño y amor para que lo malgastes. 

Pájaros enfundados en cuero que no van a ninguna parte.