lunes, 23 de agosto de 2010

La marca...

Ella representaba una ínfima parte en el suceder de las horas, sentada en un viejo portal, a primeras horas de la mañana, recogió sus pocas pertenencias y comenzó de nuevo a andar. Llevaba una noche de larga caminata hacia ningún lugar, pero eso daba igual. Una mancha de sangre en su camisa le hizo detenerse por un segundo, pasó su mano por encima lentamente, estaba fresca y sus dedos se humedecieron con dicha sangre, se llevo la mano a la cabeza; notando un escozor a la altura de su sien, se sintió viva.

Una sonrisa en su rostro, el mecer de su cabello por el viento, una mirada al horizonte. Sus largas piernas adornadas con unas medias rasgadas por el tiempo, acabadas con unos zapatos de tacón que repicaban constantemente contra el suelo, avanzaban con un esfuerzo titánico con la intención de no llegar a ninguna parte. Apaleada por una noche de excesos buscaba desorientada un lugar donde dar paso a morfeo , cualquier lugar donde cobijarse serviría.

En su cabeza no había lugar para el tiempo, se había perdido, mil dolores la atormentaban. Era incapaz de saber las vueltas que había dado el reloj desde su huida. Las marcas en sus brazos podían verse desde cualquier angulo de su cuerpo; le pesaban, los sostenía metiendo las manos en los bolsillos del chaleco que portaba, que conseguía resguardar su tronco del frío de la mañana.

Le temblaban las manos mientras intentaba llevarse a la boca un cigarrillo para calmar sus nervios, cosa inútil, consiguió su cometido, inhalaba el humo con dificultad, lo sostenía unos segundos en su cuerpo para exhalarlo resistiéndose a toser. Sus labios cortados se estremecían cada vez que reposaba el cigarrillo en ellos. Sus ojos verdes miraban al infinito escondidos bajo un maquillaje que había perdido su encanto entre sudor y lagrimas.

Se detuvo por un segundo, una gota de sangre cayó al suelo ante ella, notaba su piel fría, sus ojos empezaron a perderse entre sus parpados. Con todo el peso de su endeble cuerpo sobre sus piernas temblorosas comenzó una carrera hacía un lugar escondido, tambaleándose de lado a lado consiguió esconderse en un pequeño callejón donde nadie pudiese ver una escena tan deprimente. Apoyada en un contenedor extendió su brazo izquierdo y observó las marcas de la desgracia, las lagrimas recorrían su rostro. Notó como sus piernas perdían ya toda su fuerza, su cuerpo se inclinó con fuerza hacia delante, no sirvió de nada poner los brazos como último soporte, cuando su mente reaccionó su boca tenía un sabor metálico, estaba besando el suelo sobre un pequeño charco de su propia sangre.

Nadie le ayudó, nadie pensó en ella, estaba sola, esa era toda la compañía que quería ella. En ese momento no había sabor mejor para ella que el de su propia sangre, no había mejor abrazo que el del aire cargado del callejón, no existía mejor cama que el suelo de adoquines que la acomodaba. El recuerdo de una madre llorando en el cuarto de baño, un padre con un retrato de su hija entre sus manos maldiciendo a su propia sangre y a sí mismo, era lo único que había ahora en su cabeza. Veía el momento en que la señalaban con el dedo con los ojos inyectados en sangre, en ira; palabras que no salían del corazón, la palabra “vergüenza” en cada frase.

La imagen era distinta, lejos de ese callejón, en aquella casa todo había cambiado, no era ya la madre la que lloraba, ella pasaba las horas mirando el retrato de su hija, el padre no miraba a través de la sangre y la ira, no podía ver, encerrado en el dormitorio de su hija, las lagrimas le impedían ver. Ya no la maldecía, la palabra “vergüenza” desapareció, la sustituyó por un “te quiero” que no llegaba a sus oídos, anhelaba abrazarla, pero fue él quien crucificó su condición en su propia casa, fue él quien la alejó de todo lo que amaba.

Como si de la marca de Caín se tratase abandonó tiempo atrás ella su hogar, maldita por su propio padre, quien ahora mismo se maldecía a si mismo por todo lo ocurrido. Se cerraron al unisono los puños del padre y de la hija, decididos a cambiar todo lo anterior.

lunes, 16 de agosto de 2010

La última mano...

Una mirada tímida se les escapó desde un lado de la sala al otro, no había cuerpos para ellos, solo ojos, ojos que se observaban los unos a otros, que se clavaban como dardos y se introducían en lo más hondo de cada uno de ellos; queriendolo saber todo, queriendo ser todo. Extasiados en alcohol, tabaco y hierba, con la música de fondo, mantuvieron esa mirada unos segundos, fue suficiente para comenzar a experimentar la suerte con dos vidas.

Pero la suerte nunca juega a favor, y las vidas siguen adelante. Se conocieron formalmente con el tiempo, sus vidas estaban mas cerca la una de la otra de lo que creían, y se dejaron llevar. Tuvieron nombre y apellidos el uno para el otro, él expresaba públicamente sus deseos con sus amigos, ella mantenía la situación en un pequeño secreto al cual solo podían acceder sus mas cercanas amistades y ella misma.

La timidez inicial perdió su nombre, se transformó para acabar tomando la forma de una pareja de conocidos que disfrutan de una cerveza, una conversación informal, para ser inocencia y adolescencia. Con la discreción adecuada, aunque bajo la atenta mirada de aquellas personas que imaginan cuales son los siguientes pasos de tales acciones y quieren ponerse en el lugar de una de esas personas que avanzan una para la otra.

El cielo no se movió de sitio pero el tiempo avanzaba para ellos dos, no solo había nombre, apellidos y ojos, hubo personas, recuerdos y sentimientos que se intercambiaban, que se mostraban sin esconder nada, no era necesario. La noche dio sitio al intercambio de algo más que sentimientos, se mostraron mucho más entre ellos, caricias, besos, abrazos, sus cuerpos desnudos se permitieron comerse y beberse el uno al otro, empapados en sudor pecaron hasta obligar a Dios a dar su brazo a torcer, y cuando todo acabó, abrazados como auténticos amantes, durmieron.

Pero los vientos cambian y el tiempo los obligó a tomar caminos distintos; gozaron de ellos mismos mucho tiempo, pero el amor no lo fue todo, del mismo modo que se vieron por primera vez, de un lado a otro de una sala, se despidieron. Con una mirada lo expresaron todo, la misma mirada que el primer día, deseando apoderarse ella de él y él de ella. La suerte ya había jugado bastante y echó la última mano.

Separados el uno del otro, se quedaron en mente y corazón para no abandonarse jamás, recordando las noches que pasaron juntos. Tuvieron el mensaje claro, se habían amado, pero el amor no juega a favor, hay muchas más constantes y esta no era la que llevaba todas las de ganar. Nunca una mirada significaría tanto en la vida de estos dos jóvenes, que tras los ojos de cualquiera, vieron los ojos de su amor.

domingo, 15 de agosto de 2010

Un día más...

Sintió que la vida se le escapaba entre los dedos, sin querer verlo llegaba al ocaso de sus días, el pesar de sus pies, los cuales solo podía arrastrar al caminar, el temblar de sus manos, el esfuerzo titánico que suponía levantarse cada mañana lo marchitaban. Se vio solo, con el retrato de su difunta esposa entre sus manos, el poco pelo cano que le quedaba se veía sucio, quemado por el tiempo; su rostro ensombrecido por una barba de pocas semanas mostraba una gran cantidad de arrugas. Unos ojos vacíos eran la plena representación de la situación en que se encontraba, vacío, solo.

Entre cuatro paredes blancas, un suelo de gres blanquecino, un techo de talla corroído y viejo, ahí había pasado los últimos años, tantos que no deseaba recordarlos. Ni un solo momento agradable retenía su anciana memoria desde el día en que entró, un precio muy alto el que tuvo que pagar para proporcionar una comodidad más a sus allegados. En dicha habitación sus pertenencias eran básicas; la ropa básica para pasar la semana, un retrato de su esposa, las llaves de su antigua casa -la cual ya no poseía- y su cartera. Toda una vida reducida a eso.

Disponía de una pequeña ventana en su habitáculo, algo considerado todo un lujo en aquel edificio. Dicha ventana le permitía ver una carretera secundaria, por la que no pasaba ningún vehículo, situada junto a un descampado en el que se amontonaban los electrodomésticos viejos que la gente se dedicaba a abandonar, algo que a él le parecía bastante irónico cuando pasaba sus largas tardes mirando por la ventana.

Recostado en la cama evocaba en su mente momentos pasados, fuera de esas paredes, junto a su esposa, paseando con sus hijos, los mismos que le habían abandonado en un sitio tan horrible y carcelario. Recordó dicho paseo de una forma curiosa, abrazado a su cartera, en la cual se encontraban las fotos de sus familiares, de sus hijos. Se vio junto a ellos, cuando eran pequeños, de cinco o seis años. Recordó la voz del pequeño preguntando desesperado mientras señalaba un pequeño pájaro posado sobre la rama de un árbol. “¿qué es eso?”, alegremente él en su posición de padre respondía que se trataba de una tortola, acto seguido, el niño, repetía la misma pregunta, una y otra vez ante su respuesta, siempre con una sonrisa en el rostro.

Una lagrima recorrió su rostro, bonita imagen, totalmente contrapuesta a la que se dio años antes, justo dos semanas antes de su entrada en el edificio. Sentado en el sofá de su casa, atacado por el alzheimer no era capaz de reconocer al perro de la familia, su cabeza en ese momento ni siquiera entendía el concepto de “perro”; justo igual que su hijo con la tortola hacía años. Su hijo contestó con total tranquilidad la primera vez; pero a partir de la tercera su rostro cambió, se enfureció, lanzó mil injurias contra el mismo que le había criado, mantenido, enseñado y amado; fue su propio hijo el que le ingresó en la residencia, quien le abandonó.

Una oleada de lagrimas recorrieron su rostro, la parte superior de su pijama estaba totalmente mojada de las gotas que caían de su cara, estaba solo, solo con una demencia que no podía controlar, lloraba de tristeza por su situación familiar, pero también lloraba de alegría por disponer de un día más en su vida en que pudiese recordar todo lo que había vivido y por lo que lo había vivido. Ahora solo quedaba esperar al próximo día.

Lunes, Martes, Miércoles y otra vez...

Un rayo de sol que entra por la ventana, se refleja la luz en tu rostro, unos pasos de fondo; no se detienen, ajetreados. Al abrir los ojos se puede observar la noche en ellos, están rojos, están cansados, un pinchazo en la sien, mareo constante; dolor de estomago, es un sábado más, no hay prácticamente ninguna diferencia con el domingo, ¿y qué?

Levantate, observa de la misma forma el mundo, de la misma forma que lo has hecho durante toda esta vida, lastima, ¿verdad? Une los hechos de la noche anterior, sonríe, fue divertido. La sombra de la cortina balanceándose al fondo del pasillo te distrae durante un momento, quizás será lo que más sentido cobre a lo largo de otro día más.

Lunes, Martes, Miércoles y otra vez, es una vida, para ti no. piensa que serán las pequeñas acciones las que le darán sentido a esta corta estancia de sufrimiento. Unas palabras de esa persona a la que quisiste, que no esperabas volver a oír, ni siquiera eso te puede hacer sonreír.

Aquellas noches de cariño quedaron en nada, un piso céntrico, una cama individual, dos cuerpos desnudos, caricias, abrazos, besos, sexo bajo las sabanas. Todo acaba, prefieres estar con los amigos, los amigos de verdad, esos mismos con los que te ves capaz de arrasar con el mundo, nadie puede pararte los pies. Arrancas el motor de tu coche, el maletero hasta arriba, instrumentos, ropa y bebida, no necesitáis nada mas.

El volumen de la música al máximo, un cigarro en tu boca, un comentario gracioso sobre la noche que os espera. Miras por el retrovisor y la sonrisa del que va sentado en el asiento de detrás te alegra, y más aun cuando te das cuenta de que sabes que puedes confiar en él. Ha estado ahí siempre, y siempre estará, lo sabes.

Llega la noche, el coche está ya vacío, todo preparado para el espectáculo, para disfrutar, para vivir de verdad. Tus ojos rojos, junto con los de tus amigos; lleváis horas bebiendo pero vale la pena. Risas entre colegas, uno busca su libro de papel para seguir disfrutando de la noche mientras otro te pone otro cubata. Un chico se acerca, os da el aviso, toca subir al escenario, pasarlo bien y que la gente lo pase bien, es vuestro momento.

Ojos atentos desde el público, esperan que comencéis a tocar, sois todos uno, un equipo, tiemblan las piernas, rebuscas en tus bolsillos el tabaco que hace horas que se ha acabado, te ves obligado a pedir a alguien del público. Os miráis entre vosotros, risas, frases al oído, golpes en la espalda, choques de manos, se os ve felices. Por un momento recuerdas a esa persona a la que amaste, a la que le diste todo, te lo dio todo, os amasteis, os mordisteis, os comisteis, por un instante deseas que este junto a ti; pero todo pasa.

Comienza la música, lo dais todo, os dejáis la piel. La atenta mirada de la gente os gusta, saltan, bailan, cantan; vuestros ojos brillan ante los focos. Un trago entre tema y tema, reciprocidad entre los verdaderos amigos que estáis en el escenario. Sudáis, duelen los brazos, la garganta, las manos, pero vale la pena, al acabar entre los aplausos os dedicáis a recoger el equipo, y de nuevo al coche.

Continua vuestra ronda nocturna, toca seguir bebiendo, toca reír, alegrarse, que os señalen por haber tenido vuestro momento sobre el escenario, os reconocen, pero solo será por una noche, es preferible el anonimato. A altas horas toca realizar el viaje de vuelta, de nuevo, el coche hasta arriba, sin bebida; ya no hay risas, estáis cansados, pocos comentarios, un viaje tranquilo, con la música a un volumen relajado. Mañana recordareis la noche y reiréis, pero no es el momento, toca descansar.

Un rayo de sol que entra por la ventana...