Ella representaba una ínfima parte en el suceder de las horas, sentada en un viejo portal, a primeras horas de la mañana, recogió sus pocas pertenencias y comenzó de nuevo a andar. Llevaba una noche de larga caminata hacia ningún lugar, pero eso daba igual. Una mancha de sangre en su camisa le hizo detenerse por un segundo, pasó su mano por encima lentamente, estaba fresca y sus dedos se humedecieron con dicha sangre, se llevo la mano a la cabeza; notando un escozor a la altura de su sien, se sintió viva.
Una sonrisa en su rostro, el mecer de su cabello por el viento, una mirada al horizonte. Sus largas piernas adornadas con unas medias rasgadas por el tiempo, acabadas con unos zapatos de tacón que repicaban constantemente contra el suelo, avanzaban con un esfuerzo titánico con la intención de no llegar a ninguna parte. Apaleada por una noche de excesos buscaba desorientada un lugar donde dar paso a morfeo , cualquier lugar donde cobijarse serviría.
En su cabeza no había lugar para el tiempo, se había perdido, mil dolores la atormentaban. Era incapaz de saber las vueltas que había dado el reloj desde su huida. Las marcas en sus brazos podían verse desde cualquier angulo de su cuerpo; le pesaban, los sostenía metiendo las manos en los bolsillos del chaleco que portaba, que conseguía resguardar su tronco del frío de la mañana.
Le temblaban las manos mientras intentaba llevarse a la boca un cigarrillo para calmar sus nervios, cosa inútil, consiguió su cometido, inhalaba el humo con dificultad, lo sostenía unos segundos en su cuerpo para exhalarlo resistiéndose a toser. Sus labios cortados se estremecían cada vez que reposaba el cigarrillo en ellos. Sus ojos verdes miraban al infinito escondidos bajo un maquillaje que había perdido su encanto entre sudor y lagrimas.
Se detuvo por un segundo, una gota de sangre cayó al suelo ante ella, notaba su piel fría, sus ojos empezaron a perderse entre sus parpados. Con todo el peso de su endeble cuerpo sobre sus piernas temblorosas comenzó una carrera hacía un lugar escondido, tambaleándose de lado a lado consiguió esconderse en un pequeño callejón donde nadie pudiese ver una escena tan deprimente. Apoyada en un contenedor extendió su brazo izquierdo y observó las marcas de la desgracia, las lagrimas recorrían su rostro. Notó como sus piernas perdían ya toda su fuerza, su cuerpo se inclinó con fuerza hacia delante, no sirvió de nada poner los brazos como último soporte, cuando su mente reaccionó su boca tenía un sabor metálico, estaba besando el suelo sobre un pequeño charco de su propia sangre.
Nadie le ayudó, nadie pensó en ella, estaba sola, esa era toda la compañía que quería ella. En ese momento no había sabor mejor para ella que el de su propia sangre, no había mejor abrazo que el del aire cargado del callejón, no existía mejor cama que el suelo de adoquines que la acomodaba. El recuerdo de una madre llorando en el cuarto de baño, un padre con un retrato de su hija entre sus manos maldiciendo a su propia sangre y a sí mismo, era lo único que había ahora en su cabeza. Veía el momento en que la señalaban con el dedo con los ojos inyectados en sangre, en ira; palabras que no salían del corazón, la palabra “vergüenza” en cada frase.
La imagen era distinta, lejos de ese callejón, en aquella casa todo había cambiado, no era ya la madre la que lloraba, ella pasaba las horas mirando el retrato de su hija, el padre no miraba a través de la sangre y la ira, no podía ver, encerrado en el dormitorio de su hija, las lagrimas le impedían ver. Ya no la maldecía, la palabra “vergüenza” desapareció, la sustituyó por un “te quiero” que no llegaba a sus oídos, anhelaba abrazarla, pero fue él quien crucificó su condición en su propia casa, fue él quien la alejó de todo lo que amaba.
Como si de la marca de Caín se tratase abandonó tiempo atrás ella su hogar, maldita por su propio padre, quien ahora mismo se maldecía a si mismo por todo lo ocurrido. Se cerraron al unisono los puños del padre y de la hija, decididos a cambiar todo lo anterior.