Sintió que la vida se le escapaba entre los dedos, sin querer verlo llegaba al ocaso de sus días, el pesar de sus pies, los cuales solo podía arrastrar al caminar, el temblar de sus manos, el esfuerzo titánico que suponía levantarse cada mañana lo marchitaban. Se vio solo, con el retrato de su difunta esposa entre sus manos, el poco pelo cano que le quedaba se veía sucio, quemado por el tiempo; su rostro ensombrecido por una barba de pocas semanas mostraba una gran cantidad de arrugas. Unos ojos vacíos eran la plena representación de la situación en que se encontraba, vacío, solo.
Entre cuatro paredes blancas, un suelo de gres blanquecino, un techo de talla corroído y viejo, ahí había pasado los últimos años, tantos que no deseaba recordarlos. Ni un solo momento agradable retenía su anciana memoria desde el día en que entró, un precio muy alto el que tuvo que pagar para proporcionar una comodidad más a sus allegados. En dicha habitación sus pertenencias eran básicas; la ropa básica para pasar la semana, un retrato de su esposa, las llaves de su antigua casa -la cual ya no poseía- y su cartera. Toda una vida reducida a eso.
Disponía de una pequeña ventana en su habitáculo, algo considerado todo un lujo en aquel edificio. Dicha ventana le permitía ver una carretera secundaria, por la que no pasaba ningún vehículo, situada junto a un descampado en el que se amontonaban los electrodomésticos viejos que la gente se dedicaba a abandonar, algo que a él le parecía bastante irónico cuando pasaba sus largas tardes mirando por la ventana.
Recostado en la cama evocaba en su mente momentos pasados, fuera de esas paredes, junto a su esposa, paseando con sus hijos, los mismos que le habían abandonado en un sitio tan horrible y carcelario. Recordó dicho paseo de una forma curiosa, abrazado a su cartera, en la cual se encontraban las fotos de sus familiares, de sus hijos. Se vio junto a ellos, cuando eran pequeños, de cinco o seis años. Recordó la voz del pequeño preguntando desesperado mientras señalaba un pequeño pájaro posado sobre la rama de un árbol. “¿qué es eso?”, alegremente él en su posición de padre respondía que se trataba de una tortola, acto seguido, el niño, repetía la misma pregunta, una y otra vez ante su respuesta, siempre con una sonrisa en el rostro.
Una lagrima recorrió su rostro, bonita imagen, totalmente contrapuesta a la que se dio años antes, justo dos semanas antes de su entrada en el edificio. Sentado en el sofá de su casa, atacado por el alzheimer no era capaz de reconocer al perro de la familia, su cabeza en ese momento ni siquiera entendía el concepto de “perro”; justo igual que su hijo con la tortola hacía años. Su hijo contestó con total tranquilidad la primera vez; pero a partir de la tercera su rostro cambió, se enfureció, lanzó mil injurias contra el mismo que le había criado, mantenido, enseñado y amado; fue su propio hijo el que le ingresó en la residencia, quien le abandonó.
Una oleada de lagrimas recorrieron su rostro, la parte superior de su pijama estaba totalmente mojada de las gotas que caían de su cara, estaba solo, solo con una demencia que no podía controlar, lloraba de tristeza por su situación familiar, pero también lloraba de alegría por disponer de un día más en su vida en que pudiese recordar todo lo que había vivido y por lo que lo había vivido. Ahora solo quedaba esperar al próximo día.
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