domingo, 29 de julio de 2012

Ya no...

¿Qué hacer cuando no me haces feliz?

viernes, 27 de julio de 2012

El día que dejé de quererla.

Soy incapaz de recordar si se trataba de un lunes, un miércoles o un viernes; supongo que simplemente ni lo pensé. Tampoco podría decirte si hizo sol, no recuerdo las nubes, ni siquiera si llovió.
Pienso, pero en mi mente no aparece la portada del periódico que leía mientras, al igual que todas las mañanas, desayunaba; supongo que hablaría de la prima de riesgo, como siempre.
Supongo que, como el resto de los días, comí y cené, reí.

¿Sabes cómo dejé de quererla? Simplemente se fue, ese sentimiento, y , por suerte, nunca más volvió.

lunes, 23 de julio de 2012

Como sal en las rocas.

Y a ti que tanto tiempo atrás observé desde las sombras, como si fuese un voyeur cualquiera que desease tu cuerpo, pero no es así.
Deseaba tus ojos, tus labios, tu pelo y tus manos; deseaba conocer que había en aquella mente.
¿Y ahora?
Ahora ya no se lo que deseo, lo que quiero, lo que anhelo, si eres tu o soy yo. Como restos de sal en las rocas temo quedarme adherido a ellas, temo frenarme en el tiempo, al igual que temo que esto pierda esa aureola de misterio en la que quedó envuelta en un principio y parece desvanecerse con cada beso, con cada caricia. 
Como aquellas caricias en tu cama, como aquellos besos a escondidas de toda mirada, por miedo a esa gente que nos ha hecho tanto, tanto daño, por miedo a repetir errores, por ello quizás, por ese miedo, me atraes tu, y nadie más.

viernes, 20 de julio de 2012

martes, 17 de julio de 2012

Porque no quiero entenderte.

Podría describir rápidamente aquello que suelo hacer cuando escribo, cuando escribo pensando en ti, es simple, me siento frente a mi mesa, con una vieja libreta ante mí, busco un bolígrafo y me pongo a escribir. Seguramente, como siempre, el bolígrafo no funciona, y me veo obligado a buscar otro por la habitación, para darme cuenta de que este tampoco escribe; y repito la operación con miedo a que las ideas se evaporen de mi mente.

Pero vamos a lo importante, y es que esto que te cuento no quiero que parezca bonito, quiero decir la verdad, tal y como es, tal y como debería sonar. No voy a negar que me tiemblan las manos a cada palabra que escribo, y aunque estas no temblaran mi letra seguiría siendo igualmente pésima. No puedo ocultar que mi corazón se acelera y sudo empapando el papel, el bolígrafo y mi camiseta. 

Leo y releo lo que escribo, la cual cosa no voy a hacer con esto, lo volveré a leer cuando lo pase al ordenador y no pienso cambiar nada. Corrijo hasta la saciedad todo lo escrito para que suene bien en mi cabeza, sabiendo que ni siquiera así sonará bien a aquellos que lo lean.


Al menos, puedo decir que he cumplido al no corregir nada de lo escrito, quizás me quede tranquilo, quizás solo quiero decirte que no quiero entenderte, que nunca se que quiero.

lunes, 16 de julio de 2012

Tristeza

Con el pesar de los ojos y del alma, con las manos secas, desgastadas por la tristeza, algo a lo que uno, al parecer, es capaz de acostumbrarse.

miércoles, 11 de julio de 2012

Quiero...

Quiero apretarte contra mi cuerpo, quiero mantenerte bien lejos, quiero sentir esos labios, quiero no volver a ver tus ojos...

Quiero...

jueves, 5 de julio de 2012

Pequeña, tímida gota.

Vi como una ínfima gota de sudor recorría su rostro, descendiendo junto a sus ojos en dirección a sus labios, me estremecí al verla rozando el borde de los mismos, soñé ser aquella gota. Descendió hasta su barbilla para, en una milésima de segundo que pareció una eternidad, caer en su pecho, evitando cruzar mirada alguna con sus ojos, busqué de nuevo aquella gota, pequeña, tímida, que se dirigía ya apresurada hacia su ombligo. Sorteaba los dedos de mis manos que acariciaban su costillar mientras lentamente me acercaba a su rostro para besarla, para sentirla cerca de mí.

Así pues, del mismo modo en que me acercaba, cumpliendo un sueño, una imagen grabada en mi memoria de un deseo del pasado, aquella pequeña gota de sudor había rebasado ya su suave y perfecto ombligo, grabado en sus carnes con precisión milimétrica, descendiendo lentamente como si estuviese imantada.

Y fue el contacto con esos labios, al unisono que mi cuerpo detenía aquella gota de sudor, mientras nuestras miradas se cruzaban y con todo mi cuerpo sentía la suavidad de aquella piel, el tiempo se detuvo un instante.

En mi cabeza solamente se repetía la idea de que me arrancaran el corazón, pues nunca había latido con tanta fuerza, nunca había pretendido salirse de mi pecho con tanta pasión.

Camina suave.

Hace tiempo que dejó de doler.

Hace tiempo que dejé de pensar, hace tiempo que dejó de doler. Las horas dejaban de avanzar lentamente en aquellas sillas de metal que brillaban con el sol, frente a las mesas a conjunto, con una cerveza fría ante mis ojos, echando pausadamente el humo de un cigarrillo por la nariz, el tiempo volvía a pasar con normalidad.
Ni siquiera las imágenes más subidas de tono de mi mente son capaces ya de alterar mi quemado corazón, ni siquiera el recuerdo de tus besos, tus caricias, tus ojos.

Hace tiempo que dejó de doler...