martes, 3 de abril de 2012

Por un café

Ante una taza de café, cigarro en mano, sus ojos recorrían la calle en busca de cualquier cosa que pudiese alegrarle el espíritu, pero al igual que todas las mañanas, no hubo suerte. Su mirada volvió a centrarse en aquella cicatriz de su mano, recordando aquel momento en el que fue herido, aquel momento en que fue la última vez que sintió dolor.

Cuando parecía que nada iba ya a estimular su atención, rememorando aquel accidente en el que la vio por última vez, su atención se centró por unos segundos en la conversación que mantenían en la mesa adyacente a la suya entre una mujer de avanzada edad y un joven desconocido.

Aquella mujer era su vecina que, como cada mañana a la misma hora, había bajado a desayunar junto a su mascota, un pequeño perro de aspecto enclenque; el joven con el que hablaba, o más bien el joven que escuchaba el dilatado monologo de la anciana, era un desconocido al que nunca había visto por aquella cafetería.  El joven, de aspecto cansado, escuchaba con total atención cada palabra que la anciana pronunciaba, relatando historias de su vida, los lugares que había visitado, allí donde había trabajado e incluso aquellos lugares en que había salido a la calle a manifestarse cuando fue necesario.

Volvió entonces a sentir dolor, el corazón le presionaba el pecho mientras sentía unos fuertes dolores rampantes en su espalda, llevó las manos a su rostro dejando caer el consumido cigarro al suelo, apretando los dientes, ahogando un grito de rabia. Un sentimiento de inutilidad le inundó, un sentimiento de desesperación por la gente de su tierra, gente que se estaba dejando atar y maltratar por aquellos que tenían el poder y lo ejercían a su antojo.

Sintió la necesidad de hacer algo por cambiar la situación, se levantó, pagó la cuenta y abandonó la cafetería.