Una marca en el labio que incita a ser acariciada, ojos de ensueño que atraviesan la piel, mordiscos que deshilachan mi fuerza y temple impasibles al tiempo y al espacio; y un susurro.
Tu olor, impregnado en todas las piezas de ropa dispersas por la oscura habitación, marcando la almohada y el colchón, inserto en todas las esquinas y en todos los milímetros de azulejo, ladrillo y aire, impregnado en el aire.
Tu olor, impregnado en todas las piezas de ropa dispersas por la oscura habitación, marcando la almohada y el colchón, inserto en todas las esquinas y en todos los milímetros de azulejo, ladrillo y aire, impregnado en el aire.
Bailar a tu ritmo, mirarte fijamente a tus desmesurados ojos, estremecerme, rasgarme por dentro. Recorrer el gélido pasillo a pies juntillas, aire frío que hiela mi garganta y hace temblar mis rodillas. Y en mi mente se repite la misma frase una y otra vez: quiero bailar.
Y me lo repito una y otra vez mientras recorres la escalera hacia la calle, y me lo reitero sintiendo tu mano agarrando el helado pomo de la puerta, e insisto cuando tu piel siente el frío y la humedad de la calle; y me lo vuelvo a decir a cada paso que das por la gris acera, reincido cuando me lo susurro sabiendo que entras en tu casa. Duplico esfuerzos para no dejarme caer y desfallecer.
Y una marca en el labio, y unos ojos enormes, un diente insensible y un "no-te-marches".
Y una, y unos, y un y "no-te-marches".
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