Apoyó su cabeza contra la pared desnuda de su habitación, sentado en la cama, con las piernas entrecruzadas, como si se encontrara en la posición de la flor de loto, sosteniendo entre sus labios un cigarro humeante. De fondo la música repiqueteaba en sus tímpanos, no había expresión alguna en su rostro, se llevó las manos a la cabeza entrelazando sus dedos con su pelo, soltó un suspiro y, sin retirar el consumido tabaco, sonrió.
"Ya no tengo miedo" repetía constantemente en su cabeza, cruzando de vez en cuando entre esas palabras un suave "soy feliz". Alargó la mano hasta llegar a su teléfono móvil, miró la hora, once de la mañana de un quince de febrero. Sabía que todo volvía a la normalidad, sabía que volvía a ser él mismo.
Una sonrisa grande, enorme, que como si de un taladro se tratase atravesaba su sien y se posaba en el mismo centro de su cabeza, la sensación de recuperar esa libertad perdida, de ser capaz de vivir sin miedo, la sensación de que todo lo perdido no era necesario, el placer de mirar a través de otros ojos y sentir como se le paraba el corazón y se le hundía el estómago. Disfrutar de la música como hacía tiempo que no disfrutaba, poder gritar de nuevo, poder soltarse y abrazar de verdad, sin arrepentimientos, sin ser juzgado, le hacía feliz de nuevo esa sensación.
Y pensar en ella, recordar su mirada, recordar su risa, le gustaba. Pasó horas en esa posición, encendiendo un cigarro tras otro, con la mirada posada en el techo, sonriendo, suspirando, en fin; pensando en las musarañas...
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