Tras esa sonrisa, reflejado en sus ojos de azabache, no puedo dejar de mirarla, cada gesto, cada movimiento, cada pequeña mueca... Se da cuenta de que la observo a escondidas, me mira, sonríe, me tiemblan las manos y las piernas, sonrío...
Enciendo un cigarrillo, cobijados bajo un porche, se lo paso y me quedo frío mirando como se consume entre sus labios, sonríe, para mí es como un relámpago frío que recorre todas mis articulaciones, deseo encogerme, deseo perderme...
Ahora, sentado en el viejo sofá del salón, con los huesos calados del lluvioso día, las articulaciones agarrotadas por sentir su mirada, me maldigo, una y otra vez, por no haberla buscado pegada a mí, a mi piel. Me maldigo.
Dedicado a Raquel, con cariño y sonrisas.
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