La tenue luz del atardecer entra por la ventana mientras mis ojos divagan por la sala, hasta encontrarse con su cabellera, oscuro cabello que se apoya sobre sus delicados hombros. No alcanzo a vislumbrar su rostro, me conformo con imaginarlo, con dibujar sus labios en mi mente, con colorear sus ojos.
Un movimiento brusco, se apartan sus cabellos y la luz se apodera del ambiente, al fin consigo ver su rostro, sus ojos, sus labios, su cara. Una sensación fría se apodera de mi pecho, como si se me parara el corazón, me falta el aire y tan apenas puedo tragar saliva; como si se hubiese apoderado de mí con tan sólo un pequeño gesto.
Nuestros ojos se cruzan, la respiración se acelera y sé que no podré olvidar su sonrisa y su mirada…
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