domingo, 19 de junio de 2011

Se decidió a buscar, y olvidó...

¿Dónde estás? Rebuscaba en todas partes habiendo perdido la esperanza, caminé despacio para no hacer ruido al pisar, descalzo. Pensé hacia mis adentros, en todos los cajones de mi cerebro, apartando a un lado los recuerdos de una vida entera que solo parecía que fuesen horas, pero no te hallaba. Balanceé la cabeza y observé a los dos lados, cerrando suavemente los ojos busqué un punto fijo en la pared, para mas tarde, cerrarlos.

Retrocedí dos pasos, esperando retroceder en mi vida, pero no pasó nada. Con la mano busqué un lugar donde agarrarme, para dejarme caer lentamente hasta sentarme en el suelo; suelo frío, frío que recorrió mi espalda hasta alojarse en mi nuca produciendo un escalofrío serpenteante. Respiré con fuerza, hinchando el pecho, para lentamente soltar el aire cálido, pero vacío, y dejar que este se mezclase con el viciado aire de la sala.

Mirando al vacío, al fondo de un pasillo oscuro, me pareció ver tu silueta, quieta, serena. Me levanté de un salto, sin pensarlo, sin necesidad de ayudarme de mis manos para elevarme de nuevo; y te observé. Con solo un pensamiento en mi cabeza: alcanzarte. Mis piernas se paralizaron, como si de un bloque de piedra se tratasen, para no dejarme avanzar. Estiré mis brazos con fuerza, intentando llegar hasta ti, pero no fue posible, tu silueta desapareció en la sombra del largo pasillo, dejándome de nuevo solo.

Me dejé caer de rodillas al suelo, apoyando mi frente en la fría losa, con las manos sobre mi rostro. En mi cabeza chirriante, recorriendo todos los recovecos de mi cerebro una pregunta, una pregunta sin respuesta que me atormentaba día a día, una pregunta que no me atrevía ni a pronunciar; una pregunta que llevaba tu nombre.

Por mi cabeza pasaron siglos, por mi cuerpo los meses y las estaciones, pasó el tiempo, rápido. Tu nombre ya no aparecía en mis sueños, en mis pensamientos, solo eran parte de un vago recuerdo de una vida larga. No habían penas, ni tuyas ni mías. No estaba tu silueta esperándome en cada pasillo oscuro y largo, simplemente, hacía mucho que no estabas.

Y aunque tu imagen aparecía cada mucho, como plomo sobre mis hombros, no significaba nada, no fruncía el ceño ni mordía mis labios inmerso en rabia. Tu imagen no valía nada, solo una pequeña sonrisa por saber que ya no estabas, sólo una mirada perdida por saber lo que hicimos mal, y saber, que debimos hacerlo mal por alguna razón, razón que supera mi comprensión.

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