La necesidad constante de sentir las yemas de tus dedos acariciando estas costillas doloridas al tiempo que los primeros rayos de sol entran por la ventana, atravesando las viejas cortinas que son incapaces de cumplir su función de ocultar nuestros cuerpos desnudos, pegados, de la vista de la calle.
Tu olor impregnado en la almohada, que me hace pensar cada mañana que sigues aquí, que has invadido el lugar más seguro de un niño asustado de los monstruos del exterior, la fortaleza de ese niño que se hace fuerte bajo las sábanas.
El gélido suelo del pasillo, aquel que recorrimos con los pies desnudos a toda prisa uno tras otro, se me hace eterno y eriza el vello de mi cuerpo la sensación de que no estas aquí. Y lo recorro a pies juntillas, como pisando algodones, sintiendo el hielo que es ese suelo, acariciando la pared, esperando que suene la puerta, esperando que seas tú.
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